sábado, 22 de agosto 2026

La tierra que vuelve a hablar: memoria de los terremotos en el Eje Cafetero

Parque Las Araucarias de Santa Rosa de Cabal, Risaralda

Mucho antes del sismo de agosto de 2026, Pereira, Dosquebradas, Santa Rosa de Cabal y sus vecinos ya habían aprendido a reconocer el estruendo, el polvo y el silencio que siguen a una sacudida. Esta es una crónica de los terremotos que marcaron la memoria reciente de nuestro territorio.

Primero llega un ruido que nadie sabe explicar. No siempre viene de afuera: parece subir por las columnas, atravesar las baldosas y golpear las ventanas desde adentro. Después se mueven las lámparas, los perros ladran y una multitud sale a la calle sin terminar de vestirse. En el Eje Cafetero, cada generación guarda una versión de ese instante.

Quienes eran niños en 1962 recuerdan a sus padres rezando junto a las puertas. Los jóvenes de 1979 aprendieron que un sismo lejano podía agrietar una ciudad. Los pereiranos de 1995 vieron caer edificios que parecían firmes. Cuatro años después, en 1999, Armenia quedó convertida en el centro de una tragedia que atravesó todo el paisaje cafetero. Y en agosto de 2026, cuando muchos creían conocer ya la historia, la tierra volvió a hablar.

No existe una lista breve de todos los temblores sentidos en esta región. Son innumerables. Esta crónica se ocupa de los grandes terremotos con daños documentados que moldearon la manera como Pereira, Dosquebradas, Santa Rosa de Cabal, Risaralda y el Eje Cafetero entienden el riesgo.

1962: una tarde partida en dos

El 30 de julio de 1962, a las 3:18 de la tarde en tiempo universal —10:18 de la mañana en Colombia—, un terremoto de magnitud estimada en 6,8 sacudió el centro-occidente del país. Los estudios históricos ubican su zona epicentral en el Eje Cafetero y documentan daños en numerosas poblaciones.

La cifra histórica más citada habla de 50 fallecidos en el área afectada. Pereira estuvo entre las ciudades golpeadas. En una época sin teléfonos móviles, alertas instantáneas ni redes sociales, las noticias viajaron por radio, telegramas y relatos familiares. La incertidumbre duraba más porque comprobar que un pariente estaba vivo podía tomar horas.

Las construcciones de bahareque, las iglesias, las viviendas antiguas y los edificios levantados con criterios muy diferentes convivían en ciudades que crecían rápidamente. El terremoto dejó una primera advertencia moderna: el daño no dependía solo de la fuerza del movimiento, sino de dónde y cómo se había construido.

1979: la noche en que el daño se extendió por seis departamentos

El 23 de noviembre de 1979, a las 6:40 de la tarde, un sismo de magnitud 7,2 y 110 kilómetros de profundidad afectó una extensa zona de Colombia. El Servicio Geológico Colombiano sitúa su área epicentral en el Eje Cafetero y registra daños en Caldas, Antioquia, Chocó, Quindío, Risaralda y Valle del Cauca.

Pereira y Marsella estuvieron entre las poblaciones afectadas. En Pereira se destruyeron algunas viviendas; en Armenia se agrietaron edificaciones y en Manizales colapsaron casas y quedaron averiados edificios importantes. La Defensa Civil contabilizó 50 personas muertas y más de 500 heridas en el conjunto de las zonas golpeadas.

La región entendió entonces que un terremoto profundo podía sentirse a gran distancia y castigar de forma desigual. Mientras una casa perdía una pared, la de al lado podía permanecer en pie. La palabra vulnerabilidad comenzó a tener una forma visible: materiales deficientes, ampliaciones sin control, laderas inestables y edificios que envejecían sin revisión.

1995: Pereira y Dosquebradas frente al espejo

El 8 de febrero de 1995, a la 1:40 de la tarde, un terremoto de magnitud 6,4 y 71 kilómetros de profundidad volvió a sacudir la región. Su zona epicentral fue Calima, en el Valle del Cauca, pero Pereira y Dosquebradas sufrieron daños considerables.

El balance histórico del Servicio Geológico Colombiano registra 35 personas fallecidas y más de 250 heridas, la mayoría en Pereira. Dos edificios de alta vulnerabilidad colapsaron en la capital risaraldense y otras construcciones antiguas o deficientemente levantadas tuvieron daños severos. Hasta el 31 de marzo se registraron 21 réplicas de magnitud superior a 3.

Para muchas familias, 1995 dejó de ser una fecha y se convirtió en una dirección: el edificio que cayó, la esquina donde esperaron noticias, el barrio que durmió afuera. También dejó preguntas incómodas sobre licencias, calidad de las obras y capacidad institucional. La tragedia mostró que el terremoto es un fenómeno natural, pero el desastre se agrava con decisiones humanas acumuladas durante años.

1999: el día que el Eje Cafetero cambió para siempre

El 25 de enero de 1999, a la 1:19 de la tarde, un sismo de magnitud 6,1 y 21,6 kilómetros de profundidad golpeó el Eje Cafetero. Armenia sufrió la mayor devastación, pero los daños alcanzaron 28 municipios, entre ellos Pereira y localidades del norte del Valle.

Según las cifras recopiladas por el DANE y registradas por el Servicio Geológico Colombiano, murieron 1.185 personas, hubo 8.536 heridos y 35.972 viviendas quedaron destruidas o inhabitables. El terremoto afectó 6.408 fincas cafeteras y produjo pérdidas estimadas entonces en 2,7 billones de pesos. Durante el mes siguiente se registraron 138 réplicas; la más fuerte, de magnitud 5,5, ocurrió cuatro horas después del evento principal.

La catástrofe transformó el paisaje urbano y la forma de reconstruir. Nació el Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero, FOREC, encargado de coordinar recursos hasta 2002. Surgieron barrios nuevos, se reforzaron normas y cambió la conversación sobre ingeniería sísmica. Pero también quedaron duelos que ninguna obra podía reparar.

2026: la memoria dejó de ser pasado

El 10 de agosto de 2026, la región volvió a estremecerse. Las escenas conocidas regresaron: calles cerradas, edificaciones bajo evaluación, familias en albergues, servicios suspendidos y cuadrillas retirando escombros. En Pereira, Dosquebradas y otros municipios del Eje Cafetero, la emergencia obligó a revisar viviendas, escuelas, vías, redes de servicios y edificios públicos.

En Dosquebradas, once días después del terremoto, la Alcaldía reportaba la recuperación del 70 % de la red semafórica y la habilitación de más de 70 vías. Las curadurías urbanas retomaban la atención para orientar reparaciones y reconstrucciones; varias dependencias públicas funcionaban en sedes provisionales. Las cifras describían la recuperación, pero no alcanzaban a contar las noches sin dormir ni el temor que produce cada vibración posterior.

El sismo de 2026 encontró ciudades más grandes, conectadas y técnicamente preparadas que las de 1962. También encontró una exposición mayor: más edificios, más redes, más tránsito y más personas viviendo sobre un territorio de amenaza sísmica. La tecnología acelera los reportes, pero no reemplaza una construcción segura, un plan familiar ni una autoridad capaz de vigilar las obras.

Lo que permanece cuando deja de temblar

Cada terremoto ha dejado una lección parecida y, al mismo tiempo, una deuda distinta. En 1962 faltaba información. En 1979 quedó expuesta la amplitud regional del riesgo. En 1995, Pereira y Dosquebradas vieron el costo de la vulnerabilidad constructiva. En 1999, el país comprendió la escala social y económica de reconstruir un territorio entero. En 2026, la pregunta vuelve a ser cuánto aprendimos realmente.

La memoria sísmica no debería vivir únicamente en aniversarios o fotografías de ruinas. Está en la decisión de no ocupar una vivienda declarada insegura, en exigir una licencia, en revisar una estructura, en conocer las rutas de evacuación y en no difundir rumores durante una emergencia.

La tierra volverá a moverse. Nadie puede decir el día ni la hora. Lo que sí puede decidir una región es cómo llega a ese momento: con edificios frágiles y recuerdos borrosos, o con memoria, prevención y responsabilidad compartida.

Foto de portada: Chilangoco / Wikimedia Commons ? CC BY-SA 2.5. Parque Las Araucarias, Santa Rosa de Cabal, Risaralda.

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